Homo digitalis
| 17.11.06Internet, la “red de redes” es un prodigioso instrumento multitarea: transmite imágenes, pero también texto escrito; abre al dialogo entre los usuarios que se buscan entre ellos e interactúan; y permite una profundización prácticamente ilimitada en cualquier curiosidad. Para orientarse entre tanta abundancia, distingamos tres posibilidades de empleo: 1. una utilización estrictamente practica, 2. una utilización para el entretenimiento, y 3. una utilización educativa-cultural. Sobre el uso de Internet para administrar nuestros asuntos y servicios, la previsión es indudable: los chicos y chicas de hoy serán todos en el futuro “cibernautas prácticos”. Las dudas aparecen en cuanto a los restantes usos. (En la medida en que Internet es una diversión, un entretenimiento, la televisión resultara vencedora entre los “perezosos” o las personas cansadas que prefieran el acto de mirar, mientras que Internet triunfará entre los “activos”, los que quieran dialogar y buscar.)
El problema es si Internet producirá o no un crecimiento cultural. En teoría debería ser así, pues el que busca conocimiento en Internet, lo encuentra. La cuestión es qué número de personas utilizarán Internet como instrumento de conocimiento. (…) Sin duda, Internet nos puede ayudar a salir del aislamiento del mundus sensibilis (y recobrar la capacidad de abstracción), pero ¿Cuántos lograrán esto?
En líneas generales, estoy de acuerdo con Sergio Lepra, que afirma que “Internet es un gran mar donde navegar es apasionante (…) pero mar que, después de una pequeña travesía de algunos días, preferimos contemplarlo sin movernos del puerto”. Como instrumento practico, como un paseo a un mercadillo callejero o como un recorrido por nuestros más variados hobbies, Internet tiene un porvenir revolucionario. Como instrumento cultural, preveo que tiene un futuro modesto. Los verdaderos estudiosos seguirán leyendo libros*, sirviéndose de Internet para completar datos, para las biografías y la información que anteriormente encontraban en diccionarios; pero dudo que se enamoren de la red.
Observa Furio Colombo: “El Edén de la red está al otro lado de una cancela que se está abriendo (…). Diferentes jerarquías de cerebros manejarán los ordenadores, jugarán y experimentarán con ellos. Para los excluidos queda el juego interactivo (…) para llenar un inmenso tiempo libre”. Para el hombre de cultura, la salvación no consiste en traspasar la cancela que lleva al Edén de la red, sino más bien la cancela que lo protege de la avalancha de mensajes. Porque el individuo se puede asfixiar en Internet y por Internet. Disponer de demasiada oferta hace estallar la oferta; y si estamos inundados de mensajes, podemos llegar a ahogarnos en ellos.
Afirmo de nuevo que las posibilidades de Internet son infinitas, para bien y para mal. Son y serán positivas cuando el usuario utilice el instrumento para adquirir información y conocimientos, es decir, cuando se mueva por genuinos intereses intelectuales, por el deseo de saber y de entender. Pero, la mayoría de los usuarios de Internet no lo es, y preveo que no será, de esa clase. La paideia del video hará pasar a Internet a analfabetos culturales que rápidamente olvidarán lo poco que aprendieron en la escuela y, por tanto, analfabetos culturales que matarán su tiempo en Internet, en compañía de "almas gemelas" deportivas, eróticas o de pequeños hobbies. Para este tipo de usuario, Internet es sobre todo un espléndido modo de perder el tiempo, invirtiéndolo en futilidades. Se pensará que esto no tiene nada de malo. Es verdad, pero tampoco hay nada bueno. Y, por supuesto, no representa progreso alguno, sino todo lo contrario.
(…) Se consigue una “cibernavegación” –muy visual y muy visualizada- en las llamadas realidades virtuales, en una casi infinita descomposición y recomposición (en samblaje) de imágenes, formas y figuras.
(…) Se consigue una “cibernavegación” –muy visual y muy visualizada- en las llamadas realidades virtuales, en una casi infinita descomposición y recomposición (en samblaje) de imágenes, formas y figuras.
Ni niego que la navegación en lo virtual - que es como decir en las simulaciones - puede ser enormemente estimulante. (…) Sea como fuere, para los comunes mortales la navegación cibernética es sólo una especie de video juego. Y si toman esta navegación demasiado en serio, los cibernautas "comunes" corren el riesgo de perder el sentido de la realidad, es decir, los límites entre lo verdadero y lo falso, entre lo existente y lo imaginario. Para ellos todo se convierte en trampa y manipulación y todo puede ser manipulado y falseado. Pero como las realidades virtuales son juegos que no tienen probabilidades de convertirse en realidades materiales, lo virtual puede llegar a generar; en un extremo, un sentimiento de potencia alienado y frustrado, y en el extremo opuesto, un público de eternos niños soñadores que transcurren toda la vida en mundos imaginarios.
Internet produce saturación. Aunque bien entendido, la Internet que produce saturación es la del dialogo interactivo. Ya he dicho que como instrumento de trabajo, Internet es utilísima. En una utilización practica, Internet no se traducen saturación, sino por el contrario, supone simplificación de los problemas de la vida cotidiana.
(…) Para los profetas del mundo digital y de la cibernavegación el hecho que los usuarios en la red, o de la red, sean seres racionales no tiene la más mínima importancia. Estos profetas saben muy poco de racionalidad; y además, ofrecen algo a cambio: una libertad casi infinita. Esa es la nueva cantinela. Ya que entre televisión, Internet y ciberespacio, las opciones que se abren ante los cibernautas son, o serán, centenares, miles, millones: tantas que es imposible contarlas. Ni siquiera tendremos que buscar los programas o las informaciones que queramos: lo hará por nosotros el navegador. Así, pues, el individuo podrá fácilmente atender cualquier curiosidad o interés.
Para ir al núcleo de la cuestión debemos preguntarnos ahora: ¿libertad de qué y para qué? ¿De hacer zapping? Nuestra “libre participación activa” termina, o corre el riesgo de terminar, del siguiente modo: los locuaces acabarán por obstruir Internet con su necesidad de expresarse (sus graffiti), y los demás se dedicarán a los videojuegos, al video-jugar.
La cantidad y velocidad no tienen nada que ver con libertad y elección. Al contrario, una elección infinita e ilimitada es una fatiga infinita y desproporcionada. La desproporción entre el producto que se ofrece en la red y el usuario que lo debería consumir es colosal y peligrosa. Corremos el riesgo de asfixiarnos en una exageración de la que nos defendemos con el rechazo; lo que nos deja entre la exageración y la nada. El exceso de bombardeo nos lleva a la atonía, a la anomia, al rechazo de la indigestión: y de este modo, todo termina, en concreto, en una nimiedad.
* “No podremos prescindir de los libros”, observa con gran sensatez Humberto Eco. “Si me conecto a Internet y voy a programa Gutenberg puedo hacerme con toda la obra de Shakespeare. ¿Pero por qué tendría que saturar el ordenador con una masa de bites […] y luego esperar dos semanas para poder imprimirlo, cuando por 5 dólares […] puedo comprar la edición de Penguin?” (1996, pág. 17)