El calabozo del mundo

| 24.12.06

Igancio Ramonet

Con fascinación y escalofríos asistimos a los repetidos y a veces trágicos asaltos contra las murallas alambradas de Melilla, llevados a cabo por disciplinadas columnas de jóvenes subsaharianos. (…) En Europa y otras partes del mundo rico, muchos tienden a considerar a esos asaltantes como agresores, delincuentes o hasta criminales. Algunos reclaman mano más dura. Más vigilancia, más policía, más Ejército, más expulsiones... Sin parar a preguntarse por qué causas esas personas están dispuestas a correr tantos riesgos para, en definitiva, poner por precio vil al servicio de nuestro confort y alto nivel de vida su fuerza de trabajo.

Para empezar a entenderlo hay que recordar que el África subsahariana es una de las regiones más pobres del planeta. Con una pobreza extrema que se explica por diversos factores. En primer lugar, la trata de esclavos, crimen y genocidio que vació durante siglos al subcontinente de millones de sus hombres y mujeres más jóvenes, sanos y fornidos, obligando a comunidades enteras a vivir escondidas y aisladas en las profundidades de la jungla, sin contacto alguno con los progresos de la técnica y de la ciencia.

Luego ha de rememorarse la colonización de África, impuesta a sangre y fuego, a base de guerras, exterminios y deportaciones. Todos los poderes locales que osaron oponerse y resistir a los conquistadores portugueses, británicos, franceses, alemanes, holandeses o españoles fueron aplastados. Las potencias coloniales establecieron de modo autoritario una economía fundada en la exportación de materias primas hacia la metrópoli y en el consumo de productos manufacturados producidos en Europa. Así, África perdió en los dos tableros. Y esa doble explotación, por lo esencial, no se ha modificado. Las fabulosas riquezas mineras y forestales del continente africano son vendidas a precios de saldo, para el mayor enriquecimiento de nuestras empresas importadoras y transformadoras.

La pobreza creciente se ha convertido en causa de desorden político, de corrupción, de nepotismo, y de inestabilidad crónica. Y esta misma inestabilidad desalienta a los inversores tanto locales como internacionales. Con lo cual se cierra el círculo vicioso del laberinto de la pobreza.


Extraído del artículo El calabozo del mundo en rebeion.org

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