Sobre la destrucción de las ciudades en tiempos de paz

| 10.2.07

Un error clásico de ciertos análisis radicales es considerar que todas las decisiones de un gobierno de ideas capitalistas están dictadas por el objetivo único de incrementar el margen de beneficios de las empresas o las instituciones que lo dirigen habitualmente. Pero ello significa olvidar que todas estas decisiones tienen forzosamente otra dimensión. En realidad, siempre debe poseer la capacidad de adscribirse a las condiciones políticas generales para la continuación del dominio [1].

Incluso puede que esta dimensión política tenga más importancia que cualquier otra consideración y que pueda explicar por sí misma las medidas adoptadas. De ahí que la actual destrucción de las ciudades sea un fenómeno un tanto incomprensible si nos obstinamos en considerarlo una simple consecuencia de las leyes de la especulación inmobiliaria, combinadas con unas pinceladas de las variantes locales de la megalomanía de los representantes electos. A decir verdad, por definición, el urbanismo moderno no puede separarse de un proyecto político autónomo. Y, a medida que el sistema capitalista extiende su imperio, se hace más obvio que este proyecto debe forzosamente incluir la necesidad de destruir la antigua capacidad política de las clases populares, garantizando las condiciones materiales de su atomización (que, de hecho, exigen toda una política cultural) y, por tanto, el desmantelamiento —generalmente llamado renovación— de sus barrios tradicionales y de sus correspondientes formas de vida. Es aquí donde desempeñan su papel, modesto pero indispensable, las diferentes tribus de grafiteros, maleantes y camellos, naturalmente, junto con sus defensores asociados y patentados. En cuanto a los motivos concretos que obligan a los poderes modernos a acelerar la destrucción de las ciudades, éstos se derivan de una contradicción bastante sencilla. Por un lado, en el contexto de su misión modernizadora, estos poderes deben organizar la urbanización general de la vida, con todo lo que esto implica, principalmente en materia de tráfico y de destrucción del medioambiente. Pero por otro, esta universalización programada de la vida urbana jamás debe conllevar la ampliación y la difusión de los efectos emancipadores que, desde el Renacimiento se asociaban al espíritu urbano, que solía ser de índole contestataria, así como a las diferentes formas de civismo motivadas por la vida de barrio.

De esta contradicción se deriva, pues, la extraña obligación moderna de producir de forma simultánea cada vez más espacio urbano (en el centro, la periferia, la tecnópolis y otras maravillas que sin duda inventarán los expertos) y cada vez menos ciudad en el sentido que esta palabra había conservado hasta los últimos tiempos y que la convertía en un magnífico sinónimo de libertad [2].


[1]En Francia, si ningún gobierno ha tomado la decisión de abolir las vacaciones pagadas no es, como sospechamos, porque ningún ministerio haya pensado en ello o porque la clase empresarial se haya opuesto firmemente. Evidentemente, es porque, por el momento, ningún poder puede permitirse siquiera sugerir, incluso en forma de rumor, esta juiciosa abolición sin poner automáticamente en peligro las condiciones políticas del dominio del Capital. Por el contrario, en cuanto a la jubilación y a la seguridad social se refiere, las cosas parecen verse desde una óptica más favorable.

[2]Ya en el siglo XVIII, John Millar, que junto con Adam Smith fue uno de los principales representantes de la escuela económica escocesa, ofrece una excelente descripción de la importancia del urbanismo moderno:
"[...] Cuando un grupo de magistrados y gobernantes está investido de una autoridad consagrada por antiguas costumbres y apoyado quizá por una fuerza armada, no es de esperar que el pueblo, solo y dispersado, pueda resistir la presión de los que lo gobiernan; y, en gran medida, su capacidad para unirse depende forzosamente de las condiciones particulares del país. [...] En los grandes reinos, donde la población está dispersada en una vasta superficie, rara vez ha podido realizar grandes esfuerzos. Al habitar aldeas alejadas unas de otras y al disponer sólo de medios de comunicación muy deficientes, el pueblo suele mostrarse poco sensible a las duras pruebas que la tiranía del gobierno puede imponer a muchos de ellos; y una rebelión puede sofocarse en un lugar dado antes de que tenga tiempo de salpicar a otras zonas. [...] Pero el progreso del comercio y de la industria da lugar a que, poco a poco, se modifique la situación del país a este respecto. A medida que crece el número de habitantes, gracias a la facilidad para procurarse la subsistencia, éstos se agrupan en grandes comunidades para ejercer más fácilmente sus oficios. Los pueblos se transforman en burgos, y éstos, muy a menudo, en ciudades populosas. En todos estos lugares de residencia, se forman grandes tropas de peones y artesanos que, por el hecho de ejercer la misma profesión y de mantener estrechas relaciones, pueden transmitirse muy rápidamente todos sus sentimientos y todas sus pasiones. Entre ellos se destacan jefes que saben insuflar a sus compañeros un cierto estado de espíritu y asignarles un objetivo. Los fuertes impulsan a los débiles, los audaces animan a los timoratos, los decididos convencen a los que dudan y los movimientos de toda la masa se efectúan con la uniformidad de una máquina y una fuerza que, a menudo, se hace irresistible.
En estas condiciones, gran parte de la población se deja agitar fácilmente por cualquier objeto de descontento popular y, del mismo modo, puede agruparse para exigir que se repare un mal. En una ciudad, el mínimo motivo de queja genera un tumulto; y, expandiéndose de una ciudad a otra, las llamas de la sedición se propagan en forma de insurrección general." (Citado en Hirschman, 1999.)

| fuente: Jean-Claude Michéa, La escuela de la ignorancia, 1999.

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