Notas sobre la izquierda europea

| 1.11.07

La crisis de la política, que en muchos países se concreta en una gran abstención electoral (en Polonia llega al sesenta por ciento, y en España casi a la mitad de la población), es una bomba de relojería. Mientras el poder real impulsa la precariedad laboral, la limitación de los salarios, el recorte de las conquistas del Estado del bienestar, e incluso acomete reformas fiscales que son una transferencia de recursos ciudadanos hacia la empresa privada, crece el clientelismo político y la transformación de la vida social en espectáculo. (...) Al tiempo, la honradez, la ética personal, el desinterés y la camaradería, la solidaridad reciben un tratamiento despectivo y burlón. (...)

La revolución social es una necesidad histórica vital, imprescindible para evitar la catástrofe en el planeta
, pero la izquierda europea se enfrenta al descrédito del concepto de revolución, aunque ésta sea una idea poderosa, y debe hacer frente a las ideas simples, propias de la sociedad del espectáculo, que arraigan entre grandes capas sociales.
(...)

Es imprescindible que la izquierda vuelva a tejer una red de complicidades culturales, vuelva a actualizar, con los recursos del siglo XXI, los ateneos obreros, los centros de discusión, artísticos y de ocio, de socialización de la experiencia vital, de la camaradería, de la vida. Porque la televisión dominada por el poder (*) tiene dentro a un fascista que empuja a los ciudadanos a la degradación, al embrutecimiento, a la enajenación. Puede parecer radical, pero es imprescindible: hay que asaltar las televisiones, acosar a los mercaderes de la miseria cultural, del fanatismo deportivo, hay que denunciar a los gestores de la bazofia televisiva, gestionar el sabotaje a la cultura basura —¿por qué no alguna batucada, por ejemplo, para empezar, señalando a los patronos y los capataces de la degradación?—, por mucho que esos programas cuenten con millones de seguidores esclavizados, consumidores pasivos de los detritus del sistema. (...)

La loca carrera por el beneficio a cualquier precio (*), la rapiña como principio rector de las relaciones internacionales (acompañada de la retórica del comercio como motor del desarrollo que siguen recitando las instituciones y los gobiernos), la lógica de la fuerza (*), la limitación de la libertad (*), la persistencia del hambre (*), la destrucción de los ecosistemas (*), la corrupción rampante de las grandes compañías multinacionales (*) y gobiernos (*, *, *) que no dudan en recurrir al soborno, a la delincuencia, al maridaje con el crimen organizado a través de las cloacas del sistema que reciclan hasta el dinero de la extorsión y la esclavitud, el impulso de nuevas guerras (*), la reformulación de un nuevo imperialismo (*) que no duda en recurrir al exterminio de centenares de miles de ciudadanos inocentes en guerras de expolio y escarmiento (*), todo ello, exige una izquierda decidida, revolucionaria. La paradoja es que en el momento en que son más necesarias que nunca políticas y programas anticapitalistas, de claro contenido socialista, la izquierda europea sigue viviendo en el pasado, temiendo por su propio futuro, atenazada por el miedo al vacío, por la reclusión, por el fracaso. Hay que arrebatar a la derecha la bandera de los derechos humanos, de la seguridad y de la libertad, que con tanto cinismo (y tanta eficacia) está utilizando. El capitalismo es inseguro, pero ha conseguido hacer creer a buena parte de la población que no estamos aquí para corregir la injusticia, sino para acostumbrarnos a ella.

Por eso, una de las cuestiones centrales que la izquierda debe plantearse es la búsqueda de una nueva civilización. Hay que tener ideales, como decían los viejos dirigentes del movimiento obrero, pero también pautas de conducta, y hay que crear un nuevo discurso capaz de enfrentarse al del capital. En esta encrucijada, uno de los riesgos más graves de nuestro momento histórico es que Estados Unidos pretenda detener su relativa y constante decadencia con el recurso a una guerra generalizada, que pondría al mundo frente a una catástrofe de consecuencias imprevisibles. Guerras sanguinarias, como las de Yugoslavia, Afganistán e Iraq, han sido iniciadas en los últimos años por los órganos rectores del capitalismo mundial, que pone así de manifiesto su cerrada determinación, y debe recordarse que tanto el gobierno Clinton como el de George W. Bush han insistido en que “el único país imprescindible del mundo son los Estados Unidos”. En ese enunciado está la rotunda convicción de Washington y del capitalismo dominante, y en él hay una clara amenaza para el resto del mundo: la devastación es posible. Pero no todo está perdido, porque la deconstrucción del capitalismo es, además de necesaria, posible.

| fuente: 'Catorce notas (y una paradoja) sobre la izquierda europea', Higinio Polo | * documental relacionado

2 comentarios:

eyeclipse dijo...

Plas, plas, plas!

Mckeyhan dijo...

Brutal, me alegra que hayais vueltos. Hay que despertar, pronto. O tarde.